¿Populismo sin Pueblo? Albertismo… in process

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Por Quimey González

Recientemente, María Esperanza Casullo afirmó que no veía en Fernández un ejemplo de liderazgo populista. “El gobierno de Alberto Fernández a lo sumo plantea un populismo de relación muy afectiva entre nosotros”, aclaró, destacando que busca evitar el antagonismo con un “otrx”. Además, la autora de ¿Por qué funciona el populismo? , sostuvo que el presidente debía elegir el conflicto y no que se lo impongan.

La mentada entrevista fue publicada el mismo día en que circulábamos microdebates de junio. En el artículo de ese número, culminábamos afirmando que había un mito albertista: “te cuida el Estado”. Y, para ello, habíamos hecho referencia a la idea de mito populista de Casullo. Sin embargo, no nos explayamos sobre esa idea. Por eso, dedicaremos estas líneas a interrogarnos sobre qué hay -si es que hay- de populista en Alberto y el nuevo gobierno peronista.

Elegir el conflicto

Gabriela Michetti decía que habíamos elegido el túnel del macrismo, “este no, este no, éste”. ¿Es tan fácil la cosa en política? No, la verdad que no. Por caso, el kirchnerismo no eligió el conflicto de la 125, se posicionó en el escenario que se abrió.

Llamativamente, en estos días la oposición –¿la que no gobierna?- persigue la idea de instalar un conflicto en cada escenario y ante cada decisión presidencial -cuarentena, DNUs, sesiones del congreso, política económica. Vicentín es el caso paradigmático. Parecen estar a la caza de un conflicto, el que sea, que se convierta en El conflicto.

Sin embargo, así como la “resistencia” al macrismo por parte de los sectores más identitarios del kirchnerismo parecía proyectar en cada decisión de Macri una reversión politizada del “2001”, los sectores más fuertemente identificados del anti-kirchnerismo buscan reeditar las movilizaciones de 2012/3 o, incluso, su “nueva 125”. Ahora bien, Macri no se fue en helicóptero, y Alberto no parece encarnar la crispación, ni la Crispasión.

Aun así, las reacciones pulsionales del anti-kirchnerismo dan cuenta de que, para ellxs, nada cambió: “la señora” sigue digitando todo tras las sombras. Ya sabemos, Albertítere es un dictador k. ¿Y el Frente de Todxs, también se ordena a partir de la grieta: es el antagonismo con “gorilas” y “oligarcas” lo que unifica a la coalición? Es claro que Alberto no eligió ni la pandemia ni la deuda, pero tampoco eligió el conflicto Vicentín. Sin embargo, quizás no sea eso lo central. Tal vez sea más significativo preguntarnos por el relato, la narrativa, el mito que propone Alberto para enfrentar, encauzar, gobernar esos conflictos.

La guerra de los mitos

Como explica Casullo en su libro, el mito es una narración que busca explicar el origen de la comunidad, que se expresa en términos de verdad y que identifica a un héroe colectivo. El mito populista, en tanto narrativa política, es un repertorio para la acción. Es un discurso que busca persuadir, generar entusiasmo y construir una identidad política. Básicamente, el mito populista narra la historia de un daño y una traición cometidos contra un pueblo destinado a la grandeza. El daño es cometido por un villano dual (externo e interno) y el héroe colectivo, el pueblo, encuentra en el líder la encarnación de su voz en su búsqueda de redención.

Todo mito es una creación discursiva. Ahora bien, ¿es una invención producto de la propia voluntad? El kirchnerismo construyó su mito. El antikirchnerismo también. Aunque simplista, no es equivocado pensar que ambos mitos encontraron un clímax en la 125. Sin embargo, es difícil afirmar que unxs y otrxs eligieron ese conflicto. Más bien, resulta más sustantivo pensar que lo que sí eligieron fue la narrativa que permitió explicar el conflicto y accionar en él.

Ambos mitos siguen existiendo. Sin embargo, ninguna de sus narrativas logra articular un pueblo más allá de unas fronteras que los limitan a “minorías intensas”. La guerra entre ambos mitos no redundó en la victoria de uno y eliminación del otro. Más bien, generó un escenario de desgaste mutuo. En ese contexto es que emerge la figura de Alberto quien, sin embargo, no es neutral. No encarna una figura equidistante entre los polos, sino el corrimiento al centro de la líder del kirchnerismo. Corrimiento que, a la vez, implica una cesión para que un nuevo liderazgo ocupe ese centro.

Alberto no es el líder encubierto del kirchnerismo. Por ende, su mito no puede ser el mismo. Pero tampoco será enteramente otro.

Te cuida el Estado

Alberto es un dirigente peronista. El peronismo presenta la singularidad de ser un movimiento populista que gobierna. Por un lado, es el movimiento que ha sido capaz en distintos momentos de articular un pueblo. Pero, a la vez, es también el Partido del Orden. Ese que, desde la vuelta a la democracia, asume el mandato de estabilizar las crisis que desatan “otrxs”. En pocas palabras, es movimiento y es Estado. Por tanto, sus líderes no son meros “populistas” que se montan en escenarios de crisis, radicalizando discursivamente antagonismos sociales, buscando la efectividad electoral. Son, además –y sobretodo- gobernantes, Jefxs de Estado.

El mito peronista ha tenido sucesivas reescrituras narrativas. “Te cuida el Estado” es una nueva. En ella, se nos explica el origen y los responsables de la desigualdad que daña al pueblo: el neoliberalismo y sus gestores. Y se nos invita a recuperar la grandeza de un proyecto igualitario, más justo, más democrático, en el que el Estado, bajo el liderazgo presidencial, nos cuide de la amenaza del virus, y del accionar dañino de lxs “miserables”. A su vez, no se busca antagonizar con lxs “confundidxs”, sino persuadirlxs con énfasis pedagógico.

Este mito albertista está en construcción. Como reescritura de la narrativa peronista, anida en él una potencia populista innegable. Sin embargo, su desafío principal es lograr articular un pueblo que no se repliegue sobre las fronteras del kirchnerismo. En ese sentido, más que elegir los conflictos, deberá dar cuenta de una capacidad para enfrentarlos y/o gobernarlos reduciendo al antikirchnerismo a su expresión más marginal y refractaria posible.

El liderazgo de Alberto está en proceso: el pueblo albertista no se ha articulado, ¿lo hará?