La libertad es fiebre

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Por: Axel Cherem

¿Qué valor discursivo tiene la libertad en este contexto? La sociedad argentina, en algunos distritos más y en otros menos, atraviesa más de 100 días de Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO) en uno de los períodos más intensos del año y su impacto en la opinión pública no es menor.

El pasado 21 de junio, el sociólogo Daniel Feierstein nos propuso salir de la “mirada reduccionista del proceso salud-enfermedad” en esta pandemia. Cuando hablamos de los meses mayo, junio y julio automáticamente pensamos en el frío, en nuevas enfermedades y en la posible ocupación de camas. Sin embargo, estos meses tiene una lógica común en el ideario nacional: fechas patrias.

En este artículo, voy a proponer un abordaje inicial sobre el sentido de la “libertad” en este contexto local y mundial. La derecha se organiza, de un modo confuso, en señal de descontento y la “libertad” puede ser su símbolo, su significante vacío. Mi propuesta es señalar que ignorar las cuestiones sociales puede devenir un punto débil que sea irrecuperable.

Sociedad de individuos

Seguramente hayan oído la expresión “sociedad de la información” como una categoría que defina nuestra fisonomía como sujetos. En primer lugar, han tenido mucho que ver las tan mencionadas tecnologías de la información y la comunicación (TICs), es decir, su desarrollo ha promovido, mediante el acceso a internet y la globalización, derribar los límites físicos en el intercambio cultural a escala mundial. En segundo lugar, han producido lo que se denomina “crisis de los grandes relatos”, es decir, el desplazamiento de los discursos totalizantes a la explosión de visiones heterogéneas (y contradictorias) sobre el mundo.

¿Qué significa? Básicamente que el centro, el punto nodal de sentido, son las interacciones entre individuos. Esta lógica relacional ha definido nuestro paradigma como el de una “sociedad de individuos”, condición necesaria para la atomización discursiva y la vulneración de identidades comunitarias masivas. Lo cual ha promovido diversas expresiones como “meritocracia”, “sociedad de riesgo”, “empoderamiento” y “autoafectación”. Día a día convivimos con estos discursos y penetran nuestras interacciones en mayor o menor medida.

A su vez, la sociedad de individuos es un correlato del modelo económico y político conocido como “neoliberalismo”. Este modelo ha promovido una serie de políticas públicas de “individuación”, es decir, políticas orientadas en la autonomía del individuo y el alejamiento del Estado paternalista. Estas políticas tuvieron un doble impacto en la sociedad de individuos, promovió una mayor autonomía de aquellos individuos con los recursos necesarios para su activación y ha desprotegido al resto de los individuos sin los recursos necesarios, volviéndolos responsables de sus acciones y resultados. No es necesario aclarar que este doble impacto tiene un claro resultado llamado “desigualdad”: lxs ricxs son menos y más ricxs y lxs pobres son más y más pobres.

La grieta ordena

Hoy tenemos un sinfín de reclamos explotando en las “peligrosas” calles de Argentina. Tenemos un confuso discurso de crítica de lo dado y un reclamo que no termina de comprenderse. Lo que sabemos es que “ALGUIEN tiene que hacer ALGO”. Este caos es el que compone estructuralmente a la “sociedad posmoderna”, una sociedad que no sería ni más consiente de sí misma ni más iluminada; sería un cúmulo de heterogeneidades. En la sociedad de los individuos, las interacciones solo se vuelven pequeños intercambios que buscan reforzar el criterio de verdad de cada integrante. ¿Les suena?

Sin embargo, en Argentina existe un fenómeno, un gran relato que pudo sobrevivir el embate de la sociedad de la información: el peronismo. El peronismo sigue siendo el gran relato que organiza estas pequeñas visiones del mundo, algunas a favor y otras en contra. La simbología que rodea esta ideología de más de 70 años mantiene organizada dos coaliciones de minorías sobre una idea que se mantiene más viva que nunca: la grieta.

Es así cómo supimos organizarnos en una historia política de avances, frenos y retrocesos pero con una lógica discursiva que nunca se transformó, solo reemplazó viejas piezas por nuevas. Hoy, la grieta se transforma en un “mal necesario” un eje ordenador que solamente debemos empujar hacia la derecha para que los límites se engrosen para la izquierda. Alberto, dispuesto a “superar las diferencias”, comenzó con un discurso englobador, con imágenes de Pacto Social de gobernantes, y se fue desgastando hasta recaer en el discurso de la confrontación. Un tanto por errores propios y otro por incitaciones externas, pero, en definitiva, la grieta volvió a “ordenar” el mapa discursivo de la opinión pública.

Oíd el ruido de rotas cadenas

¿Cómo se supera esta lógica discursiva? Decir que la grieta como eje ordenador o minimizar su impacto en las instituciones democráticas, como recientemente hizo el politólogo Steven Livitsky, es grave. Hoy en día, las posturas tienden a radicalizarse y la figura de Alberto, como la materialización del Pacto Social, no es suficiente, en términos discursivos, para sopesar los daños que está generando la actual pandemia.

Nuevamente, las fechas patrias y la “libertad” se apersonan ante la duda. Alejandro Grimson (2019) habló de “superar los límites históricos, porque está en juego el país”. En este sentido, propuso recuperar la defensa de los “intereses nacionales” como formas de interpelación de nuevas mayorías.

Estamos en pleno proceso de fechas patrias y el gobierno no ha sabido aprovechar discursivamente su simbología como forma de superar la polarización. Manifestantes protestaron con banderas argentinas para defender una posible extranjerización de una empresa nacional, en nombre de la “libertad”. Como analizó el sociólogo Daniel Feierstein, definitivamente la pandemia “no es una cuestión meramente de médicos”.

Hoy estamos celebrando la independencia encerradxs en nuestras casas y podemos vivir con la contradicción. ¿Podemos? Se viene agosto, un nuevo aniversario del fallecimiento del General José de San Martín, ¿qué pasará cuando Instagram se inunde de su más célebre frase “seamos libres, que lo demás no importa nada”? ¿Qué valor discursivo tendrá la libertad en ese contexto?