Hacer política

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Por Sergio De Piero

Toda acción que implica influir en la vida del conjunto tiene una connotación política. Así el criterio para identificar cuáles lo son y cuáles no, es bastante difícil de establecer. En ocasiones se utilizan criterios muy restrictivos para definirles, como votar, militar en un partido, ser funcionario público, etc., pero lo cierto es que una gran cantidad de acciones, incluyendo las palabras, pueden tener un impacto político sin que respondan a esas prácticas tradicionalmente referidas como políticas. La pandemia implicó que muchas de esas acciones queden suspendidas porque el aislamiento afectaba directamente a la movilización, tan arraigada en la cultura política local. 

La pandemia arrojó un aire helado sobre tantas acciones cotidianas incluidas las políticas, y así el gran papel protagónico pasó al Estado y sus políticas, en quien la mayor parte de la sociedad hizo descansar sus esperanzas y sus temores. El despliegue de políticas públicas generó apoyos y criticas (no siempre racionalmente argumentadas) pero rescatemos que abre la puerta a dos elementos que entiendo muy relevantes: la recentralidad del Estado para garantizar algunos niveles de bien común, y la necesidad de mejorar sus capacidades para poder lograrlo. Luego de cuatro años de una gestión que tendió al abandono del aparato estatal, la crisis sanitaria nos alertó sobre lo imprescindible que se torna su fortalecimiento para garantizar la salud pero también la educación y otros derechos.

Por otra parte, con el paso del tiempo y de esta dura cuarentena retornan las intervenciones políticas de los actores múltiples que habitan nuestra sociedad. La oposición encabezada por Juntos por el Cambio se mostró inicialmente muy dispuesta a colaborar activamente con el gobierno nacional, el diputado Mario Negri llegó a afirmar “Presidente, usted es el comandante” para pocas semanas después acusar a Alberto Fernández de buscar la suma del poder público, destruir las instituciones de la república, entre otras acciones. La semana pasada, ante el homicidio de Fabián Gutiérrez, las autoridades de los tres partidos que constituyen el JxC afirmaron que estábamos ante un “un crimen de la mayor gravedad institucional”, afirmación realizada sin tener ningún conocimiento acerca de quién fue el autor del hecho. Pero desde luego no se trata de posiciones derivadas de un análisis pormenorizado de los hechos, sino de una posición política que el macrismo ya ha decidido sostener esté la realidad acompañando, o no.

Los intelectuales que forman parte de ese espacio semanas atrás crearon el término infectadura sin que sepamos a ciencia cierta qué quiere significar, pero nos imaginamos que algo feo. Había autoritarismo porque el Congreso no funcionaba y siguió existiendo ese estado cuando ambas cámaras comenzaron trabajar. Ese discurso basado en un esencialismo no en el análisis de los hechos, pone al macrismo en un espacio de la política que dificulta las articulaciones y los diálogos porque con los autoritarios (que eso sería el Frente de Todos) es difícil llegar a acuerdos. Han desafiado abiertamente la cuarentena participando en algunas manifestaciones, o viajando al Congreso para forzar una sesión presencial.

Es notable lo poco que se parece a aquel Cambiemos de 2015 que conducía su campaña electoral con buenas intenciones, paz, dialogo, consenso, fin de la grieta ¿qué sucedió con todo eso? ¿Se fue con el alejamiento de Durán Barba? ¿Fue una estrategia que ya ingresó en fecha de vencimiento? Desde luego no toda la coalición piensa igual y, aunque con cierta timidez, algunos referentes hicieron saber que no estaban de acuerdo con todas las palabras del texto. Rodríguez Larreta, por convicción o por estrategia, se muestra distante de este tipo de argumentaciones. Pero la conducción de JxC acrecienta cada día esa línea que se expresó no sólo en ese comunicado.

Desde luego la oposición tiene el rol de oponerse al oficialismo; lo que llama la atención aquí es la línea elegida para ejercerla que implica también abandonar una carta de presentación que ese espacio utilizó ante las elecciones de 2015, 2017 y ya con menos convicción en 2019. Esta parece ser la decisión frente al gobierno pero también de cara a la sociedad, es el lugar donde elije pararse, y las expresiones que desea representar, lo que abre la pregunta: ¿tendremos un macrismo radicalizado de cara a las elecciones legislativas de 2021? Esta semana hemos presenciado otra marcha de sectores enfrentados al gobierno nacional por la cuarentena, aunque no siempre con una identidad partidaria definida.

Las expresiones en carteles que pudieron leerse, traen otra vez la cuestión que se mencionaba en esta columna la semana pasada: el odio. Los dichos se corren de las demandas y saltan directamente al pantano del odio. Y este sentimiento se desplaza del mundo de lo político porque niega la existencia del otro; y sin otros no hay política posible. Son leídos como un dato de la política actual, pero no están haciendo política, sino otra cosa suyos resultados siempre son negativos para la convivencia pero también para el éxito de las políticas públicas.

Es claro que esas expresiones siempre están presente en nuestras sociedades, pero no cabe duda que ciertos climas las potencian: si estas personas, en algunos casos con una salud mental deteriorada, escuchan por ahí que se habla de dictadura sentirán que deben salir a manifestarse porque todos estamos en peligro. Si un legislador se acerca a esas manifestaciones, está validando esos contenidos.     

Desde luego respetuosos de la cuarentena, los espacios que componen el oficialista Frente de Todos, han suspendido cualquier movilización y eso le niega al gobierno un capital de apoyo relevante. Sin embargo cuenta con los espacios que ocupan en los poderes ejecutivos de nación, provincias y municipios para desplegar la acción política.

Hacer política hoy, para el peronismo es lograr que la crisis genere el menor daño posible y por tanto atender las demandas que se multiplica día a día. En esa tarea se juega su valor político. Esas marchas y sus vociferantes asistentes son un actor a tener en cuenta y sobre el cual no debemos dejar de advertir sobre el riesgo que pueden implicar para la democracia; pero será construyendo una camino de futuro por parte del gobierno, con un Estado capaz de conducir la salida de esta crisis generando política fortaleciendo el rolde conducción. Eso generará futuro y despejará de la escena pública los peligros del odio. 

Fuente: El Destape