Enemigo Cobra Kai

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Por Quimey González

En nuestro último artículo para #Microdebates, decíamos que la regresión en los procesos de cambio en Sudamérica y la derechización de los gobiernos de la región nos obligaban a valorar aún más nuestra democracia argenta. Hoy queremos insistir en esa línea argumental, pero desde un plano más conceptual o abstracto.

Varias veces nos remitimos a la tensión entre dos dimensiones que habitan la política en general y al movimiento nacional y popular en particular: radicales – moderados, voluntad – prudencia, decisión – consenso, son pares que coexisten y disputan permanentemente el sentido de la acción.

El escenario actual genera incertidumbre, acelera angustias y no ofrece certeza sobre el liderazgo. Como vimos en artículos anteriores, este no es un gobierno que se caracterice por la centralización de la decisión, sino por la búsqueda del consenso interno y la interlocución con una oposición cada vez más desleal y radicalizada. El peligro es que la frustración ante una realidad que no se condice con las expectativas generadas, nos encierre en la simplificación del escenario.

Por eso, queremos parar la pelota por un momento y revisar nuestro propio discurso y sus implicancias. En estos tiempos de agudización de la tensión política, una palabra reaparece en las conversaciones: el enemigo. Aunque parezca descolgado de la realidad concreta, revisar esa noción quizás ayude a repensarla.

Asumiendo el respeto intelectual por Carl Schmitt y su concepto de lo político, quizás sea hora de abandonar la enunciación del enemigo como forma de pensar la acción política hoy. Como dice Chantal Mouffe, la posición teórico-política más contundente para el momento actual es asumir al otro como adversario y tratarlo como tal. ¿Por qué nos metemos con la idea de enemigo? Lejos de extravagancias, se trata de retomar algunos aprendizajes y premisas que ya tenemos incorporadas como movimiento político.

Bajemos a tierra y usemos una analogía que haga más amena la propuesta. Ya que estamos hace meses encerrados viendo series, usemos una de las más vistas en estos días: Cobra Kai.

En esta secuela de Karate Kid, Johnny Lawrence vuelve luego de su lejana derrota con Daniel LaRusso. Frente al infumable y exitoso “Daniel San”, Johnny retoma donde dejó: golpear primero; golpear fuerte; sin piedad. Como sabemos, a esta filosofía ofensiva, se le contrapone la sabiduría del equilibrio del señor Miyagi, basada en la autodefensa y en no dar el primer golpe. Es fácil relacionar esa disputa entre los dojos, con las tensiones que mencionamos más arriba. En definitiva, es la eterna contraposición entre estrategia ofensiva y estrategia defensiva.

Como dijimos, Johnny vuelve y recupera su saber hacer. Sin embargo, ahí está LaRusso, el enemigo. Enemistad que se explica sencillamente por ser “el otro”. Ese otro que no sólo se contrapone a él, sino que explica su propia existencia e identidad. Exitoso meritócrata en el presente, LaRusso es quien en el pasado llegó para alterar todo. Deslegitimó a Johnny, convirtiéndolo en el malo de la película y ganándose el reconocimiento de lxs demás.

Sin embargo, Johnny revisa su acción y su filosofía. Nota que insistir en concebir a Larusso como enemigo no hace más que condenarlo una y otra vez a “golpear primero” y reafirmar así la legitimidad de su histórica derrota. Es a partir de ir asumiendo esa derrota, que Lawrence comprende que una estrategia ofensiva no se reduce a una actitud badass, sino en lograr una victoria legítima. En sus palabras, no mercy no significa sin honor. En nuestras palabras, reconocer en el otrx a un adversario, no un enemigo.

¿Por qué traemos esta analogía pochoclera a nuestro artículo? Porque grafica de manera simple la tensión que venimos identificando al interior del Frente de Todos.

La actitud badass del “vamos por todo” o el “hay que radicalizar” no asume la derrota que implicó la implantación del neoliberalismo. Supone un escenario fijo en el que el enemigo es transparente para todxs, que basta con señalarlo y convocar al pueblo a la epopeya. Sin embargo, ese enemigo no es visto como tal por una enorme porción de ese mismo pueblo al que se convoca.

Dijimos antes que se trata de retomar aprendizajes de nuestro movimiento. Nos referimos a Las Madres y Abuelas. Ellas son nuestras verdaderas sensei de la estrategia política en democracia. Son quienes nos enseñaron el leitmotiv de la política: no se trata de dominación sino de hegemonía. Y la hegemonía es la disputa por la legitimidad.

¿Qué hicieron Las Madres? Convirtieron al enemigo -los genocidas- en adversario, deslegitimando el fundamento de su autoridad. Renunciaron a la venganza, mantuvieron vivos los valores fundamentales de una cosmovisión del mundo y, al mismo tiempo, forzaron la revisión de los métodos de la acción política. Por eso, sin la lucha de Las Madres y Abuelas, la experiencia kirchnerista no hubiera sido posible. El kirchnerismo, como -una- expresión del peronismo, encarna una revisión de fundamentos conceptuales y formas de acción política. El más importante quizás sea la incorporación de la democracia como eje ordenador no sólo de las reglas del juego político, sino de los valores éticos.

¿Qué tienen que ver entonces la democracia, la idea de enemigo, las Madres, el kirchnerismo y Cobra Kai? ¿Hicimos una ensalada? Un poco sí. Sin embargo, existe una relación que puede ayudarnos a pensar el contexto político actual. Lo que atraviesa las entrelíneas de este artículo es una posición pragmática: una advertencia contra el abuso de la esencialización de las identidades y la forma de tramitar la oposición entre ellas. Pragmatismo político en tanto intento por fortalecer una ética democrática. Traducido, eso significa asumir definitivamente a nuestro adversario como tal, es decir, dejar de pensar al gorila, oligarca, macrista, como enemigo. No porque creamos que podemos ser amigos, sino porque es necesario derrotarlo en el plano de la legitimidad, abandonando la creencia de que -alguna vez- pueda dejar de existir. Aún más, debemos reconocerle el derecho de expresar su verdad relativa.

Pensar y enunciar como enemigo al otrx deja abiertas las puertas para que actúe como tal. Es decir, la relación entre enemigos implica la posibilidad de eliminar al otrx, y nuestra historia reciente nos advierte de los alcances y consecuencias de esa decisión política. Por el contrario, siguiendo el ejemplo de las Madres y Abuelas, asumir la relación de adversidad con el otrx, obliga a hacerse cargo de la disputa por la hegemonía y no por la dominación. Queremos que la tortilla se vuelva, pero no para que lxs ricxs coman mierda, sino para lxs pobres coman pan. No buscamos cambiar la dominación de ellxs por la dominación de lxs nuestrxs. Buscamos un orden distinto, donde la libertad no sea la imposición del privilegiadx por sobre el explotadx. Sino la posibilidad de ejercer los derechos garantizados socialmente.

La lucha por la hegemonía es una batalla constante en pos de visibilizar el privilegio de quienes detentan relaciones de poder que sostienen condiciones de injusticia social. Y eso no se logra sin ofensiva. Sin embargo, el fundamento de la acción no se agota en una voluntad de radicalizar, de golpear primero. Observar el contexto e identificar la fuerza relativa del adversario obligan a una acción que incorpore la prudencia. Ser pragmáticxs implica reconocer la desigual relación de fuerzas entre ellxs y nosotrxs. No para inmovilizarnos, sino para entender la importancia de deslegitimar la acción del poderoso adversario. Convertirlo en adversario -y no en enemigo- es forzarlo a “golpear primero” y exponer su injusticia. Ese es el escenario de posibilidad en el que la propia intervención cobra relevancia y dónde, entonces sí, se puede golpear más fuerte.

En el escenario actual, la derecha argentina -y sudamericana- asume cada vez más una posición agresiva y antidemocrática. Nuestro dilema es entonces si, frente a eso, debemos responder redoblando la apuesta o sosteniendo una posición prudente, defendiendo la democracia.

No existe receta, nada en política garantiza una victoria. Sin embargo, se trata de pensar en qué condiciones se dá la disputa política hoy y cuáles son los fundamentos de nuestra acción. No es sólo cuestión de ganar. Como Jhonny, aprendemos de nuestras derrotas. Queremos ser mejores, para eso volvimos.