Canibalismo capitalista: La última etapa (parte I)

Por: Roberto Candelaresi

Introducción

Una pregunta que nos hacemos es si en la esfera individual existe una naturaleza de dominar al otro, y si esa propensión existe, cómo se articula lo individual con lo colectivo, es decir; un sujeto y los cohabitantes de su territorio.

Theodor Adorno dice que, en el consumismo del capitalismo, la idea de los derechos está garantizada por alguien de fuera. Este “extraño” es patriarcal, autoritario y jerárquico, porque tus derechos están garantizados por la ley, y la ley es el Estado y el Estado protege la propiedad privada como lo único sagrado, (al menos más eficientemente que la vida, que debería ser el bien supremo). En este contexto, defender los derechos de la persona es en realidad defender el derecho a consumir.

Theodor Adorno

En otros términos, todos resultamos “homogenizados” en cuanto a los medios que usamos para consumir y en aspirar a tener posesiones. Esto da la impresión de que somos todos diferentes por lo que tenemos o podríamos tener. Al poseer derechos -en tanto bienes respetados y garantizados por otros-, este individuo ha perdido su autonomía

La vida no tiene sentido trascendente entonces, se vuelve solo una competencia por tener, acumular o quejarse por no tener y exigir tener. Sin embargo, lo individual es indispensable para constituir lo colectivo y vivir en la comunidad.

En la historia europea, de la cual somos (culturalmente) vertientes, durante milenios lo dominante y autoritario se convirtió en “normal”, lo aceptable, hasta lo lógico, tanto para quienes dominaron cuanto para los sometidos. Bandas que se organizaron para apropiarse de todo por la vía de la guerra, fundaron los Estados que perpetúan esa lógica, revestida naturalmente con ropaje de ‘sentido común’. Tanto, que la guerra permanente persiste en la actualidad. 

Esa es la esencia, el corazón de este occidente que ha invadido el planeta. El sujeto como blanco invasor está en la conciencia del habitante promedio del Norte. Por eso, toda facción humana o sector sometido, puede ser excluido del “mundo” que rige Occidente, por el medio que sea más eficaz.

Esa es la mentalidad de los creadores, mentores y defensores del sistema que todo lo abarca en el mundo actual (o pretende abarcar, ya que hay otras fuerzas hoy en el mundo que ponen límites a esta voracidad durante décadas incontenida), con sus distintas fases o etapas históricas, y los pasamanos de diversos detentores que el control sistémico ha experimentado a lo largo del tiempo.

Ante un mundo crítico, pero en “operaciones”, la visión académica

El capitalismo se encuentra en constante crisis, sin embargo, el statu quo es incapaz de enfrentar los dilemas humanos provocados por ese discurrir. Las innumerables catástrofes humanas y medioambientales que han ocurrido, y, la lucha de muchos hacia una solución social y democrática que pese a todo persiste, desmienten los mitos de “muerte de la historia”, y de aquellos que consideran el capitalismo como la expresión más elevada de la humanidad

En un momento en que los medios corporativos, —que ya no representan a la prensa idealizada—, han perfeccionado el arte de “fabricar el consentimiento”, el coraje y la crítica de los pensadores civilizatorios se vuelven vitales, esenciales e imperativos. 

Hay dos problemas serios en la academia, donde se supone que el arquetipo del intelectualismo es saludable: En primer lugar, es claro que una gran parte de la docencia universitaria es de élite, influenciada y arraigada en la ideología dominante de la cultura que heredaron, materializada y promovida por los medios de comunicación corporativos.

Por otra parte, la financiación y el auspicio (becas, publicaciones, investigaciones y viajes) “deja” a muchos en silencio. Surge un silencio mucho más dañino cuando aquellos con una conciencia crítica de la propaganda, que deliberadamente confunde el patriotismo con la conformidad, permanecen callados por temor a las repercusiones. El silencio y la conformidad ocurre cuando las personas solo se preocupan por sus propios intereses inmediatos.

“No es el enfrentamiento al sistema lo que destruye al individuo, sino su conformidad ante éste”. Por ello, reivindicamos interpretar siempre de manera crítica el mundo y la palabra de los cientistas sociales, que deben tener la suficiente objetividad (entendida como el distanciamiento de las miradas hegemónicas) para denunciar la opresión y las injusticias sociales que surgen del capitalismo y, desde hace algún tiempo, de la globalización.

Racionalizando el sistema

El comercio competitivo tal como lo experimentamos hoy en la sociedad moderna, si estuviera despojado de su subyugante propaganda y sus ardides marketineros, sería incompatible con la vida en comunidad. Y ello, en virtud que quedaría al desnudo el mucho engaño que hay detrás para fomentar la demanda, y en definitiva también, nuestro propio autoengaño consumista. 

Ninguna civilización puede apostar su propia supervivencia material a la “ruleta” comercial. Digámoslo; el mercado libre no es el resultado espontáneo de un instinto emprendedor innato en la especie humana. Sin embargo, incluso científicos sociales intentan convencernos de que la sociedad de mercado es la consumación de un impulso humano universal, discurso por cierto defendido por muchos políticos y propagandistas del capitalismo. 

Desde ya, el comercio conceptualmente, ha sido eje de progreso y bienestar humano de las sociedades y el enriquecimiento cultural de diversas civilizaciones, pero en la historia precapitalista, el mercado en sí, tenía sitios determinados —la plaza del mercado— y el intercambio de bienes era limitado (lo que no permitía la autosuficiencia familiar o la distancia), realizándose por temporadas.

En la actualidad, basamos nuestro sustento material y nuestra organización social en la práctica generalizada de tratar de obtener ventaja de los demás, eso distingue nuestra civilización de las pasadas. El desafío del sustento es: venda caro, compre barato, comercial en esencia, y esa caracterización es aplicable a todos los mercados (de trabajo, inmobiliario, de alimentos, de transporte, culturales, energéticos). Es decir, como subordinando nuestra vida social a las relaciones comerciales. 

A este punto llegamos, no como resultado de un proceso automático o inesperado, sino por derivación de luchas políticas febriles (y aún en curso). 

En sociedades arcaicas, se penaba aquel individuo que —no siendo líder político, religioso o militar—, pretendía situarse “por encima” del resto de la comunidad. La organización social tradicional contenía como una de sus premisas la idea de que la competición tiene un fuerte componente autodestructivo y debe estar limitada. 

La subsistencia no puede depender del regateo, pensaban nuestros antepasados, al punto que culturas muy comerciales (fenicios, egipcios, mesopotámicos), tenían formas de relación comercial muy reguladas, con intercambios a precios fijos o encargos que no pasaban por el mercado abierto. 

El capitalismo como causa del cambio antropológico

La inercia cultural que llevaba la evolución humana precapitalista que describimos arriba, fue pulverizada como requisito para que el capitalismo se consolidara. A lo largo del tiempo se fue estableciendo (y perfeccionando) una complicada ingeniería social, por la que se sometió (a nivel de sentido común) a todas las instituciones sociales al mercado.

Hoy se acepta que el trabajo, la tierra, los alimentos básicos o incluso el agua son mercancías que se pueden comprar y vender, y aspiramos a que los mercados libres alcancen un “estado de equilibrio” (¿?). Y lo que no entendemos, allí está una banda de economistas que nos hablan con tecnicismos de rigor, para confundirnos algo más, y admitamos lo que “es” (y no lo que podría ser a nuestra voluntad).

En un régimen capitalista, cuando los incentivos fallan, el recurso de la violencia estatal siempre está a mano para calmar a los disconformes o críticos del statu quo. 

Se vienen las elecciones

El plan de la derecha, de largo alcance, consiste en perfeccionar el saqueo de riquezas naturales, de la mano de obra barata y la subordinación de la conciencia de los pueblos. Y encima que vivamos agradecidos por eso.

Las clases dominantes, y entiéndase por ello a los actores oligárquicos de una sociedad, y los asociados de potencias extranjeras con intereses comunes, están siempre a la búsqueda de utilizar lo más nuevo en materia de comunicación, para difundir su discurso persuasivo y/o disuasivo según la coyuntura. 

Aún pretendiendo que las mayorías los respete y acepte, pese al destrato social o incluso a la exclusión de muchos del sistema en blanco, justifican su exclusivo manejo de los recursos naturales, y depauperación de la ‘mano de obra’ con sus reformas laborales invocadas como medio de modernizar las fuerzas laborales, cuando la realidad demuestra su abaratamiento in extremis. 

Para ayudarse en sostener esta ingeniería social –que admitamos bastante exitosa, pese a las contramarchas impuestas por gobiernos populares, que se alternan con la derecha conservadora– financian todo tipo de corrientes (pseudo)religiosas milagreras, individualistas, fetichistas, en otras palabras; escapistas. Otro tanto mediante la adquisición de fuentes mediáticas para propalar anestesias a las masas. 

El miedo, el odio, la desesperación y la impotencia; también son estimulados desde los voceros del capitalismo tardío para insuflar en las consciencias de la clase trabajadora y se carguen de recelos, escepticismos y desprecios, y ello, con el claro objetivo de que se auto desorganicen y desatiendan iniciativas por acciones colectivas rebeldes, pero sin repudiar a la democracia burguesa.  Una esclavitud de conciencias cada día más rentable.

En campaña

La derecha percibe (olfatea) la multiplicación de los hartazgos y las rebeldías que la sociedad civil atesora, cultiva y florece, para sacudirse alguna vez, el yugo que la oprime. Este caldo de cultivo debe ser conjurado por supuesto (piensan), pero, a la vez que puede ser útil para enrostrar esa sensación de “Dictadura” a los gobiernos populares, (a despecho de que sean estos últimos los que la combaten o tratan de morigerar sus efectos), para ello despliegan elementos de la Guerra Cognitiva, llamándoles “Inteligencia Artificial” o “Capitalismo bueno”, y en efecto, logran que muchos electores (especialmente pero no excluyentemente de capas jóvenes) crean que los males del capitalismo lo deben sobrellevar por imposición de los gobiernos … progresistas!.

Una práctica común a toda la derecha, es que usurpan la semántica misma de lo revolucionario; de la igualdad, la libertad y la fraternidad, pero para la igualdad de ellos, la libertad de sus negocios y la fraternidad de sus mafias. Exigen igualdad de oportunidades y nosotros luchamos por la igualdad de condiciones. No es lo mismo. Ese es el tema en la disputa por el sentido.

Como estrategia defensiva, los protectores del capitalismo voraz preparan ataques mediáticos cronometrados. No han acogido con beneplácito los avances progresistas en América Latina y ahora despliegan modelos económicos e ideológicos de ocupación basados ​​en odiosos histriones y lenguaje “libertario”. Difunden la idea de que crecieron con la “incomodidad” y la decepción de la gente con el fracaso del progresismo, y promocionan sus ofensivas mediáticas basura como nuevas teologías u ontologías de la nada para que las masas se rindan sin pensar demasiado.

Alguna vez la humanidad quedó azorada y perpleja frente al ascenso del nazi-fascismo con su histrionismo macabro. La comunidad mundial se paralizó y hasta se entretuvo mirando el proceso sin intervenir esas fuerzas desatadas, se trata de no repetir el error. El paquete macabro de su “libertarismo” de mercado debe ser expuesto, hay que politizar la amenaza con seriedad.

El peligro es cierto, toda la derecha está reagrupándose, sacarán fuerzas de sus debilidades para atacar con mayor furia financiera, comercial e ideológica. En el campo nacional y popular, no pueden permitir que sus debates más honestos no los debiliten ni los quiebren. El propósito del conservadurismo capitalista es que estén divididos y desorganizados.

Por último, téngase presente que el fanatismo o el dogmatismo son manifestaciones de la estupidez, al punto que los disfraces semánticos que usan caen por su propio peso, solo que a veces no se llega a tiempo, y las consecuencias se hacen sentir, como la gestión de Cambiemos 1916/19.

Hoy los fanáticos de la ultraderecha de Milei y otros [retoños del nazi-fascismo], dicen amar la Libertad, pero sus auspiciantes y verdaderos amos, desdeñan la Libertad humana, la Libertad política ni la Libertad jurídica… solo aman la Libertad de mercado y muy particularmente la Libertad de saquear recursos naturales y mano de obra derrotada.